Cuando uno se encuentra con Mónica Rojas se encuentra con una especie de maga, con un personaje que parece salido de “El Señor de los anillos”, o quizás mejor del mundo de “Alicia en el País de las maravillas”. Es una mujer-hada, su presencia convierte los momentos, los lugares y las cosas, tiene el extraño poder de transformar lo que la rodea. Porque Mónica es una artista que nació y se formó para serlo. Estudió en la Escuela de Arte de Luján, se recibió allí de profesora de dibujo y grabado, estudió becada por el gobierno de México a los grandes muralistas de ese país, forma parte del grupo muralista del oeste –mítico colectivo de acción pictórica callejera que acciona desde hace más de 20 años en el oeste bonaerense-, fundó con otros artistas el también mítico “Almacén de las Artes” en Ituzaingo , provincia de Buenos Aires, viejo almacén de campo devenido en vanguardista taller-galería conourbánica. Mónica Rojas es una artista delicada, formada, de oficio. Es de esas que no pueden sacarse el óleo impregnado de debajo de sus uñas porque ya hace muchos años que lo tiene depositado allí. Es una artista de lucha, de recorrido, de mucho trabajo y poco discurso. Mónica casi no habla de su obra, ella produce y en su producción nos dice todo. La maga hace magia, no cuenta qué hace ni cómo.

Su recorrido estuvo en relación al mundo de la docencia y al mundo de los salones y concursos de pintura que se realizan en todo el país, obtuvo desde los años noventa a la fecha más de treinta premios importantes. Hoy presenta una serie de trabajos que la representan, son mundos que se mueven entre su formación sólida, clásica, contundente, que deja entrever la capacidad de composición derivada de su trabajo muralístico, del estudio de Rivera, Orozco, Siqueiros, de la incorporación de la forma de Giotto de armar la imagen y su contemporaneidad obligada de mujer del presente, que disfruta con la música electrónica y se recrea en una verdulería de barrio con el olor de las frutas.

Las obras de Mónica transpiran Europa y el medioevo, tienen cierta altanería, una especie de dignidad que les viene de adentro, de estar plantadas desde las raíces, más allá del color y la superficie. Son obras que están construidas con los hilos de una composición de épocas de cánones y mediciones científicas. Sus trabajos pueden desorientar si la queremos encerrar en una serie o en una forma de trabajar, eso pasa cuando nos encontramos con sus pinturas negras donde descubrimos lo complicado de pintar sin color, de partir desde el negro, de hacer pintura solamente con el pomo de blanco de titanio. Hay que saber pintar para hacerlo. También nos desorientamos si la queremos encerrar en la pintura porque nos sorprende con la serie de trabajos digitales inspirados en su madre. Mónica los hizo acompañando a su madre en la recuperación de una dolencia, su pintura se hizo performance psicomágica y los pinceles marcaron la piel, la cubrieron de materia. La fotografió, la hizo desfilar y la transformó en la modelo más cotizada, más glamorosa. De ese intercambio de amor entre madre e hija surge esta serie donde Rojas, en un acto sanador, superpone detalles de la imagen de su madre con fragmentos de sus obras que hacen las veces de cobertura, de aura dorada.

Rojas al Rojo nos habla de pintura, de trabajo, de años de dedicación, de la inocencia de la mirada cuando los años pasan y la niña permanece, pero hecha mujer con experiencia, con calle, con pincel gastado. La niña que baila en la mujer que pinta.

Damián Masotta

 

MÓNICA ROJAS
Rojas al Rojo


7 de marzo de 2008 a 29 de marzo de 2008
March 7th, 2008 to March 29th, 2008



 

 
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