Julián Reboratti, una pintura del apocalipsis cultural

De por sí, las relaciones entre imágenes y textos son siempre problemáticas. La transposición literal de los unos a las otras resulta una empresa imposible, caprichosa, absurda. Pues no sólo se interpone la subjetividad del ilustrador que, por respetuosa que quiera permanecer, selecciona los elementos del relato dicho o escrito, los traduce al campo de lo visual, inventa detalles de ambientación, otorga un aspecto determinado a los personajes de la historia, cierra definitivamente algunas posibilidades de sentido y abre otras no planteadas por el texto. Interfiere además el mundo del observador quien, si conoce la versión en palabras de lo contado, seguramente ha producido en su fantasía las imágenes evocadas por la narración y, si acaso su primer acercamiento al tema es la experiencia de la contemplación plástica, habrá de crear nuevas imágenes a partir de su contacto a posteriori con el texto. Como quiera que sea, el lazo entre lo discursivo y lo visual se asienta sobre la confrontación entre aquellos productos de la mente de los observadores. 

Anthony Snodgrass ha demostrado hasta qué punto las representaciones más antiguas de los episodios de la guerra de Troya y de las vidas de sus héroes, en los vasos de figuras negras de los siglos VII y VI a.C., presentan disparidades frente a la versión homérica que nos llevan a pensar, o bien en una libertad inesperada del pintor respecto de los poemas, o bien en la existencia de poemas diferentes a la Ilíada y la Odisea , sepultados para siempre por el éxito final de estos dos, atribuidos a Homero, y su puesta por escrito en tiempos de Pisístrato.
De manera que los dilemas señalados en nuestro punto de partida son tan viejos como la literatura y la pintura mismas.

Ahora bien, ni qué decir tiene que la inversión de los vínculos entre esas artes multiplica las dificultades. Esto es, si imaginamos un relato que nace y se teje primero en términos visuales, su conversión en un habla o una escritura que discurre implica un cúmulo de dificultades agregadas al asunto de la transposición, las que nacen, sobre todo, de la polisemia y de las ambivalencias mayores de las imágenes cuando se las compara con cualquier texto por inestable que sea su significado. Los dibujantes de historietas, los cartoonists , suelen plantear un desafío mayúsculo a sus guionistas, una prueba de fuerza que sólo supera un trabajo en colaboración, cuadro por cuadro de la tira en muchas ocasiones, si acaso el dibujante no resuelve ponerse a escribir o el redactor no se anima a tomar la pluma y el pincel.

Julián Reboratti ha llevado a la gran pintura el empeño de los hacedores contemporáneos de mitologías y de épicas que son los cartoonists. Aunque ya conocíamos los primeros desarrollos de su historia fantástica de una civilización –el tríptico Cielo-Tierra-Infierno y el capítulo feliz de Bye bye love -, ignorábamos casi todo acerca de los orígenes de semejantes visiones en la experiencia urbana de vértigo y multiculturalismo que Julián tuvo en San Francisco y que se refracta, paradójicamente, en el paisaje de Chinese Breakfast . Por supuesto, no podíamos entonces barruntar siquiera la complejidad que adquiriría la ficción antropológica e histórica. Porque, en verdad, Reboratti ahondó en la descripción de los caracteres de aquella cultura inventada, dio cuenta de sus actividades lúdico-sexuales en las vistas de los cactos gigantescos, probablemente artificiales, donde estos contrautopianos nuevos acuden en busca del placer ( Placer Dome I y II ), señaló con sutileza en Las ninfas el deslizamiento entre el ejercicio del goce y una violencia en ciernes, desencadenó las fuerzas de la destrucción, intuidas apenas en el horizonte religioso del Infierno , sobre las ciudades de pirámides y torres  ( Arde Roma , Arde Barco ), retrató a los exterminadores detrás de sus escafandras ridículas a la par de siniestras ( Viendo los días pasar ), intuyó el pueblo de los homínidos sobrevivientes de la catástrofe ( Las sombras ) y las ciudades monocromáticas de la devastación y el renacer ( Manhattan ).  

Nuestro joven artista ha llevado a su sociedad ficticia hacia un apocalipsis. La alusión es explícita en el título del cuadro donde se despliega la ciudad en llamas, ceñida por un cielo y por un mar de sangre cuyas aguas invaden el bosque siniestro de árboles cargados de cadáveres en el lugar de las hojas y las flores. La reminiscencia de la ciudad de Dite y de la selva de los suicidas es manifiesta. Pero se trata de un infierno sobre la tierra, de una representación que prefigura los efectos del fin del mundo en los términos de una escatología sintomática de nuestros tiempos. Ernesto De Martino ha estudiado ese complejo simbólico, que se asienta sobre una crisis radical de la presencia humana en la vida contemporánea y extrapola al horizonte colectivo de la cultura las desintegraciones psíquicas de la esquizofrenia.De Las sombras a Apocalypto , Julián Reboratti nos propone los extremos de esa misma dialéctica, entre la patología de los individuos y las amenazas exteriorizadas de un aniquilamiento por el fuego y la oscuridad. Como la distancia científica del análisis lúcido del antropólogo italiano sirve para que tomemos conciencia del horror de nuestras expectativas sin dañarnos, el esplendor cromático, la homogeneidad y la riqueza de las texturas, que remedan las superficies de la pulp fiction en una escala monumental, son los instrumentos mediante los cuales Reboratti nos preserva de la angustia insoportable que emana de sus escenas y nos deja vislumbrar, envuelta en un relámpago de belleza, la mirada de la Gorgona. Deberíamos de estarle muy agradecidos por ello.    

José Emilio Burucúa
Buenos Aires, Julio de 2008

 

JULIÁN REBORATTI
La Pathosformel del Ser

5 de setiembre a 4 de octubre de 2008
September 5th, 2008 to October 4th, 2008






 
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