Un niño salvaje en un mundo felíz

Javier Lodeiro: una muestra con un estilo personalísimo, una especie de paseo por un mundo post-apocalíptico donde los restos de un naufragio general forman parte de un nuevo comienzo, extraño, pero en el fondo esperanzador.

Por Cristina Civale

La nueva muestra de Javier Lodeiro –Buenos Aires, 1969. Vive y trabaja en Neuquén- en la galería Masottatorres de San Telmo parte de un relato que el mismo Lodeiro, también narrador y poeta, escribió.
Wild child, da nombre a esta exposición postapocalíptica que nos muestra un mundo que volvió a nacer de las entrañas puras de un niño salvaje. Así arranca el inspirador microrrelato de Lodeiro: “Sus viejos le enseñaron a sonreír amablemente y le dieron un libro que perdió antes de partir, muchos días caminó antes de encontrar signos de vida”. En el camino del niño esos signos de la vida se van mostrando y en la exposición Wild child se convierten en los cuadros que podemos apreciar, el de un mundo nuevo, salvaje, feliz, “contemplado por los ojos de las estrellas”.
Para el artista “pintar es bajar a lo profundo, tomar el misterio para traerlo a la superficie y transformarlo en una bendición”. Esta necesidad

se vislumbra en su empecinamiento por crear un mundo paralelo por fuera de las ciudades tumultuosas, un mundo con una paleta fauvista, lleno de personajes que pueden ser hombres-animales, plantas-mujeres, niños-niños, parejas multirraciales, un mundo donde la naturaleza lo envuelve todo.
El recorrido por la muestra me produce la sensación compulsiva de zambullirme en cada uno de los cuadros y poder entrar en ese mundo, sintiéndome Alicia en el país de las maravillas de Lodeiro.
Cada obra –acrílico sobre tablas- le toman un promedio de un mes y medio. Así me explica su proceso de trabajo unos días antes de la inauguración: “El trabajo para una obra lo divido en dos etapas: la primera es la más larga y empieza con una inspiración determinada. A veces esta surge a partir de una imagen que veo mientras escucho música. Paso mucho tiempo escuchando música, no como distracción de fondo, sino que lo hago como uno puede mirar una película. Otras veces, la inspiración parte de la relación entre dos colores: veo una imagen (impresa, pintada, en la calle, en el río) y en seguida me obsesiono con la relación que se establece entre dos colores. Durante varios años, por ejemplo, mis cuadros estuvieron dominados por los colores naranja y turquesa, que eran los colores de la sierra y del lago que veía constantemente cuando iba a trabajar, cerca de Añelo, en el interior de Neuquén. La segunda etapa consiste en darle forma a este ‘chispazo' inicial. Trabajo con dibujos separados que dispongo sobre una superficie hasta que logro el equilibrio que me satisface. Hago esto en la computadora y es la etapa más importante y más larga del cuadro. Cuando veo que ya hay una armonía que es la que busco lo imprimo, lo amplío, y lo paso a la tela. Siempre que hago esto hay algo que está incompleto, y generalmente la solución de éste problema, que surge a veces cuando ya casi la tela está terminada, es lo que le da ‘sentido final', en términos de mi exclusiva satisfacción interior. Cuando pinto un cuadro pienso en nadie más que en mí como destinatario. Si lo termino y no me gusta, mmm, es seguro que voy a tener un par de días de mierda”.
Wild child, sin embargo, surgió de sus últimas lecturas y el encuentro con una larga cita de Platón. “Hasta ahora nunca lo había entendido –me cuenta-, el texto decía algo así como que la historia es cíclica, y que se divide en intervalos en los que el hombre está en armonía con dios, y por lo tanto con el universo, y otros en que dios se aleja. En el primer caso convive con la naturaleza, que lo cuida y lo alimenta, sin necesidad de sacrificarse ni esforzarse para sobrevivir. Pero repentinamente la divinidad desaparece, dejando al hombre solo para que se las arregle. La armonía con la naturaleza se va debilitando y tiene que hacer un esfuerzo desesperado para lograr adaptarse y sobrevivir. Este esfuerzo, paulatinamente creciente y triunfante, es la civilización. Sin embargo este esfuerzo a su vez lo aleja cada vez más de su condición primitiva y armónica, y cuanto más lo aleja, tanto peor se vuelve su vida. Finalmente, en última instancia, la divinidad reaparece de pronto restaurando el paraíso primitivo original”.
Esta lectura fue reveladora porque expresaba lo que Javier Lodeiro venía imaginando desde hacía tiempo para desplegar en la narración de esta nueva exposición. En ella, efectivamente, viajamos a través de este mundo delicioso y equilibrado: sin bombas, ni guerras, ni pobreza.
¿Y por qué estas obsesión de pintar una y otra vez mundos selváticos donde la naturaleza aparece como la salvadora del hombre, su eterna protectora? Es que Lodeiro encuentra  más placer en dibujar animales y vegetales que en la figura humana. No está interesado en la veracidad biológica de sus dibujos sino la potencia poética y, en ese sentido, de las líneas del contorno de un árbol, una hoja o de un ave  siente que extrae algo que le recuerda a la música.  Lodeiro es un tipo solitario, eso le gusta decir de sí mismo, y pasa mucho tiempo en compañía de plantas “reales”. Cuida el jardín de su casa como esas personas que saben qué está pasando con cada planta y con cada árbol, qué nutriente les hace falta a cada una, qué bichito está intentando establecer una colonia en sus hojas. Pero no es sólo un jardinero laborioso, es uno de los artistas más prometedores de las nuevas generaciones.
Wild child , sin embargo, es apenas el principio de lo que Lodeiro imagina para su trabajo en este año:  “Es como la puntita –me confiesa- este año me gustaría dedicarlo entero a desarrollar este proyecto en forma amplia”

Revista Veintitrés - 24 de Abril de 2010


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