JUAN PABLO INZIRILLO
"TRASH LIQUIDO COMO SUSY COMBUSTIÓN "
CENTRO CULTURAL RECOLETA
7 A 30 DE MAYO DE 2010


La época que vivimos se caracteriza por la imposibilidad real de formular encierros conceptuales, categorizaciones dogmáticas o esquemas inalterables. Dentro de este devenir mutante se presenta hoy la obra del artista mendocino Juan Pablo Inzirillo, a la cual hay que considerar absolutamente de su tiempo: su trabajo aparece explotando como una bomba que disemina, independientemente de dónde caiga, una personalidad formada a base de vivir con total intensidad tanto la realidad interna como la externa del individuo que es el artista.

Siendo su obra como es, absolutamente contemporánea, actual, del presente, no deja por eso de presentarse como totalmente individual y personal. Tiene algo difícil de lograr: la construcción de códigos propios. La trama de su pintura es un lenguaje lleno de signos visuales, ya sean icónicos o lingüísticos. Inzirillo ha sabido mirar su presente y tomar del pasado. Antropófago al fin, ha deglutido como primer plato a Jean Michel Basquiat, y lo ha hecho al modo primitivo: comiendo al otro para recibir su poder y para, en parte, ser el otro. La obra de Inzirillo tiene un adn constitutivo generado a partir de tres claras fuentes de alimentación: la historia de la pintura a partir de los sesenta, el street art o arte de calle, grafitero, impúdico, rebelde, rápido, creador de espacios-mundos, y por último el cómic ineludible hecho lenguaje y hablado a modo de dialecto tribal. Tres fuentes batidas y compuestas plásticamente con una organización por momentos clásica y por otros hipermoderna.

En el arte hay obras que atrapan, uno tarda en saber qué tienen y es difícil darse cuenta por qué nos han envuelto en sus redes. Quizás en gran parte sea la libido desbordada que debe tener el arte auténtico, signo posiblemente necesario para reconocer dónde hay arte y dónde no: sentir que la obra nos hace subir la temperatura, que nos pega bajo la cintura y que luego el fuego sube a la cabeza y nos arrebata. No entendemos bien qué, pero sentimos que algo nos sucede.

Una historia o mil historias, personajes que varían, aparatos cotidianos con personalidad, colores agonistas y modos de componer arbitrarios, forman la obra de Inzirillo. Es un camino que habla un idioma particular, un idioma que ha construido robando. Él como todo artista es un buen ladrón, de los que roban permanentemente al mundo que los rodea, un vampiro que genera novedades a partir de la sangre de todo lo que se le cruza. El trash líquido de la pintura de Inzirillo nos exige meternos en su mundo –buena señal- para sentir primero y pensar después. El golpe es en la nuca, la digestión en la mente. Hablando su idioma o sin entenderlo, queremos ser parte de la trashliquidez del mundo de este artista que se presenta con lo más óptimo que un artista puede presentar: él mismo.

Damián Masotta
Mayo 2010

 

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