Una Argentina soñada

Desde hace décadas imaginada, deseada, pero aún imposible. Así es la Argentina, feliz y nostálgica como un parque de diversiones, que pinta Emilio Reato en su muestra "Hormigon", un material que resiste.

POR Cristina Civale

El hormigón es un material resistente, puede durar miles de años –una eternidad, para nosotros– salvo que alguna catástrofe natural o la mano del hombre decida destruirlo. Algo de eso tiene la muestra Hormigón , que acaba de inaugurar en la galería Masottatorres, Emilio Reato (San Antonio de Padua, 1962).


Quienes siguen la obra de este artista advertirán que esta vez abandonó, quizá por un rato, sus características playas cruzadas por aviones gigantes o visitadas por personajes del cómic que miró en la tele durante su infancia. Los bañistas extrañados podían ver un inmenso Astroboy volando sobre sus cabezas o encontrarse con la Mujer Maravilla ataviada maravillosamente en el medio de hombres y mujeres en malla. Así fue construyendo lo que en algún momento el propio artista llamó “realismo imposible”, una mezcla perenne que cruzaba pasado cercano con una sensación de futuro, pero situado en un puro presente. Un movimiento imposible captado conceptual y estilísticamente con mucha precisión en sus pinturas. Postales fijas que se presentan en el segundo anterior al instante en que los personajes –todos sus gestos lo indican– están a punto de moverse.

En esta nueva propuesta continúa con su apuesta de “realismo imposible”, esa acumulación de todo antes de que estalle alguna situación imprecisa pero apremiante, según él mismo explica: “una idea que tomé de Bacon”.

En Hormigón , Reato apuesta por el imaginario popular argentino: Perón, Evita, los gauchos, el Che Guevara, el Gauchito Gil y otros íconos de la historia de nuestro país pueblan esa muestra. Es inevitable, al recorrerla, pensar en la obra de Daniel Santoro, aunque la paleta difusa de Reato no tenga nunca los niveles de saturación de un pintor que afirma respetar y admirar, pero que se ha convertido, según Reato y a pesar de Santoro, en el dueño de pintar el peronismo.

Reato marca una diferencia fundamental con el artista admirado: mientras éste se detiene en los años 50, él planta el imaginario en este tiempo, en el siglo XXI y va por más.

Así como en sus playas aparecía un elemento perturbador, en este gran fresco de quienes narran el ideario a veces mágico, a veces real, de lo argentino y popular, Perón aparece representado en una estatua rodeado de ciervos de otras zonas del mundo que corren en trineos; el Che se presenta, también, en forma de estatua y arriba de una moto, en el medio de lo que se podría considerar un parque de diversiones abandonado; en el pueblo Braden vuelve otro Perón y otro Perón más saluda, nuevamente estatua, junto a un inmenso e imposible Papá Noel gigante, rodeado de raros pinos con escuetos adornos navideños.

La clave conceptual de esta muestra probablemente se encuentre en la obra “Nos vamos”, un óleo sobre tela de medianas dimensiones, como el resto de las obras. Allí se cuenta el mismo cuento: el deseo peronista de la familia feliz. En una estación de servicio como las de los años 50 una familia tipo se encuentra montada en un coche verde que parece venir del futuro: un futuro que no llegó pero que se siente anhelado.

Como en series anteriores, lo mecánico y el movimiento estaba representado por aviones; aquí el coche –el bien más preciado de la clase media creciente de los años 50– toma protagonismo, pero parece indicar la posesión de un bien imposible, un bien que no existe ni en las vidrieras ostentosas de los negocios de coches de alta gama.

Todo este imaginario continúa siendo pintado con trazos realistas con la misma paleta delicada, a punto de desvanecerse, lavada, un tono menor a los tonos pasteles. Reato apunta que la tomó de Piero della Francesca, al que no sólo lo asocia el color sino también el interés por la geometría y la mecánica que Reato sí aplica a sus obras que nacen también de su oficio de maestro mayor de obras.

Obras mayores las de esta serie con una apuesta conceptual fuerte y oportuna para los tiempos que corren, un combo que cierra en esta nueva etapa del pintor que cuenta que estas obras no salieron de un pensado trabajo de taller, sino de una necesidad mucho más visceral y sin propósito, una casualidad feliz como la Argentina que todavía no fue y que Reato se atreve a decir que todavía espera.


Revista Ñ - 1 de Abril de 2011


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